jueves, marzo 03, 2005

Encasillamiento

Ayer estuve en el Palacio Imperial con una compañía inmejorable, tanto animada (Imperator, Rapun, Dwin, y Mary) como inanimada (Grimbergen, Alhambra, Judas, y Franciskaner). El motivo de la visita fue la creación del personaje que encarnaré en la inminente partida de 7º Mar que está preparando Imperator.

Me gusta 7º Mar. He jugado algunas sesiones y tanto el sistema de juego como la ambientación me encantan. En aquella ocasión mi personaje era una prostituta llamada Madeleine de Montrouge y me divertí de lo lindo interpretándolo. Daba cantidad de juego, tanto entre los PJs como en la propia trama.

Pero la cosa es que ayer, antes de comenzar a hacerme el personaje, Imperator tuvo a bien darme el consejo de que mi personaje no se pareciese a John (mi PJ de Llamada de Cthulhu, ver entrada anterior) ni a Peter (mi PJ de Mundo de Tinieblas). Quería que mi nuevo personaje no fuera un buenoide al que se las diesen todas en la frente.

Ese comentario me ha hecho pensar que, efectivamente, no interpreto correctamente a mis PJs. John era un médico inglés de principios de los años veinte, frío, más amigo de actuar más que de hablar, y Peter es un amargado detective americano de los de las películas, natural habitante de los más inmundos garitos de Chicago.

¿Por qué la imagen que transmiten personajes tan radicálmente distintos es tan parecida? Evidentemente porque mi interpretación no es buena. Voy a ver si doy con las razones de este aparente fracaso en mi cometido como jugador de rol.

Los que me conocen saben que no soy amigo de las discusiones y que me gustan aún menos aquellas en las que las diferencias son de forma y no de fondo. No me gusta discutir con mis amigos cuando sé que es dificil llegar a buen puerto. Las pullas que me lanzan amistosamente de vez en cuando quedan sin más respuesta que una sonrisa, tal vez con un algún gesto añadido. Y me siento incapaz de responder porque para mí lanzar una pulla es equivalente a dar un empujón. Para que yo lance una pulla la confianza debe ser, no alta, sino extrema. Y aun así las que lanzo son descafeinadas y edulcoradas. Si me pusiese a decir todo lo que crudamente me pasa por el cerebro, mal andaríamos. Sobre todo yo, porque me puedo convertir en la persona más repelente y desagradable del mundo. En serio.

Pocas personas han visto mi lado más oscuro (que lo tengo), y las pocas que lo conocen no guardan un grato recuerdo de ello. Admiro a esas personas que pueden quedarse en el punto medio "cabroncete pero majo" situado entre el "Hijoputa máximo" y el "Inocente tonto". Yo me siento incapaz de conseguirlo. Y prefiero quedarme en el "Inocente tonto", que hago menos daño a los demás y a mí mismo.

Esta faceta pseudo inocente de mi personalidad está presente en todos mis personajes y me siento momentaneamente incapaz de dejarla de lado. Yo de vez en cuando lanzo abrecartas azucarados, cuando lo que la gente suele lanzar son cuchillos. Pero en mi armería no hay cuchillos, sino fusiles de asalto y lanzallamas. Y mis experiencias con ellos no es buena, nada buena. Así que mejor dejarla cerrada bajo siete llaves.

Por eso mis personajes suelen ser introvertidos y suelen preferir la acción a las palabras. De manera que las acciones son lo único que se puede juzgar de ellos, porque hablar no hablan demasiado. Y esas acciones suelen estar enmarcadas (como personajes de mundos donde los problemas son problemas de verdad) en situaciones extremas, donde queda poco espacio para la sutileza. O a lo mejor es que no soy capaz de ser sutil.

En cualquier caso estoy convencido de que mi nuevo hijo, Thomas Miller, arqueólogo con problemas de bebida y cuerpo de gorila de discoteca, se terminará pareciendo a su padre. Y es una pena. Interpretar sentado a una mesa te pone esa clase de fronteras.

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